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Un poco de historia de la zona gracias a la Biblioteca Gonzalo de Berceo

Consolidación de las fronteras castellana y navarra La Rioja desde Alfonso VI constituía el rincón oriental de Castilla, sólo separada de ésta por los Montes de Oca y el sistema Ibérico; con el reino de Aragón limitaba en una muga insignificante. El problema persistente estaba en las comarcas limítrofes del Ebro, zona límite con las tierras de Pamplona hasta llegar a constituir una constante histórica, en tal manera que desde el castillo de Buradón o el castro de Bilibio hasta Alfaro y Tudela los reyes de ambos Estados fortificaron las plazas cercanas al río y favorecieron a su población, como sistema político-defensivo, de sus reinos respectivos. Un contrapunto de seguridad repetido a uno y otro lado: Briones-San Vicente, Logroño-Viana, Calahorra-Milagro, Alfaro-Tudela ... Conviene anotar también el aspecto coyuntural de esta frontera, cuya línea cambiante dependía con frecuencia de contratos matrimoniales regios, de coaliciones bélicas frente a terceros, del variable interés de los señores e infanzones de la tierra; no intervenían sólo las armas. Aproximándonos ya a nuestro período, asistimos durante la segunda mitad del siglo XII a continuos forcejeos por la posesión de las plazas del Ebro. El reinado de Sancho el Deseado en Castilla duró sólo dos años (1157-1158); quedó como heredero un niño de tres años, Alfonso VIII, a merced de dos familias que se disputaron violentamente la tutela. Aprovechando esta favorable circunstancia, los monarcas de Pamplona, tanto García Ramírez como Sancho el Sabio, ocuparon desde 1163 Logroño, Navarrete, Entrena, en la comarca logroñesa; Autol, Quel, Resa, Ocón y Alfaro, en las tierras calahorranas; Grañón, Pazuengos, en la zona calceatense. Diez años más tarde, desde 1173 hasta 1176, Alfonso VIII fue arrancando a Pamplona las plazas de Quel, comarca de Ocón, Grañón, Pazuengos, Cerezo, Treviana, Miranda. Siguió a esto un acuerdo firmado en 1174 por los reyes de Castilla y Aragón para atacar conjuntamente al pamplonés, quien vio perdidos, como consecuencia, la plaza de Milagro y el castillo de Leguín, en el corazón mismo de su reino. En 1176, Sancho el Sabio tuvo que firmar forzosamente la paz; en una entrevista celebrada con el rey de Castilla, entre Nájera y Logroño, convinieron en someter sus diferencias al arbitraje de Enrique II de Inglaterra. Previamente firmaron una tregua de siete años, poniendo bajo garantía el castillo de Yerga, por parte de Sancho, y la plaza de Calahorra, por parte del de Castilla; para asegurar el cumplimiento del futuro laudo comprometió Alfonso VIII los castillos de Nájera, Cellorigo y Arnedo, en tanto que Sancho el Sabio lo hacía sobre los de EsteIla, Funes y Marañón. El 9 de marzo de 1177 los delegados de Pamplona y de Castilla, una vez recibidos por Enrique de Inglaterra, tuvieron tres días para presentar reclamaciones. Respecto a La Rioja, los de Castilla apoyaban su alegato en los días de ocupación de las comarcas riojanas por Alfonso VI, hacía un siglo, en 1076; los pamploneses recordaron los años de García, el de Nájera, fechas del protagonismo najerense y mayor extensión del reino de Pamplona, reclamando en consecuencia:  1. las tierras ocupadas por Alfonso VI en 1076;  2. las plazas conquistadas por Alfonso VII en 1135, como eran Cerezo, Grañón, Pancorbo, Belorado, Cellorigo, Bilibio, Nájera, Viguera y Clavijo;  3. mucho más insistían en la devolución de las conquistas hechas por Alfonso VIII en los años 1173 a 1176. Enrique II de Inglaterra mandó restituir a cada una de las partes las plazas ocupadas en tiempos de Alfonso VIII: Logroño, Navarrete, Entrena, Autol y Ausejo quedaron para Castilla. La sentencia cayó mal a los interesados y el más fuerte, en esta ocasión Castilla, llegó a un compromiso con el rey de Aragón en vistas, celebradas en Cazola, cerca de Ariza, el 20 de marzo de 1179, según el cual atacarían ambos a don Sancho y se repartirían las conquistas por partes iguales; bajo esta alianza amenazadora, un mes más tarde Alfonso de Castilla arrancó a Pamplona la devolución de las tierras cuestionadas en cumplimiento del laudo del monarca inglés. De Bilibio a Alfaro quedaba definida la frontera: la margen derecha del río con sus comarcas todas pertenecían a Castilla; las tierras y plazas de la izquierda eran de la corona de Pamplona. Uno y otro monarca se apresuraron a levantar cerca de la apoyatura del Ebro una línea fortificada de torres y plazas amuralladas, actualizando las antiguas o levantando otras nuevas: Briones-San Vicente, Navarrete-Laguardia, Logroño-Viana, Calahorra-Milagro, Alfaro-Tudela. Dentro de esta política estratégica y poliorcética, los reyes se dispusieron a otorgar fueros y privilegios a las villas fronterizas, cuyo crecimiento interesaba a la corona para tener hombres disponibles en días de peligro. Alfonso VIII tomó medidas para fortificar la villa de Logroño, levantando un castillo llamado Corvo junto a las viñas logroñesas en 1195. Este mismo año desde Carrión dio fueros a Navarrete y en 1200 nombró tenente de estos territorios a Diego López de Haro, hombre de su confianza. Alfonso X el Sabio dio fueros a Briones en 1256 «por que sean ricos e bien abonados e se pueble bien la dicha villa»; en 1258 concedió con el mismo fin amplias exenciones a los de Alfaro. En la margen navarra, Sancho el Sabio de Navarra otorgó fueros a Laguardia, Mendavia, San Vicente de la Sonsierra, Bernedo, Antoñana. Sancho el Fuerte confirmó los de Laguardia en 1208 y después de fortificar la villa de Viana concedió a sus vecinos fueros de poblamiento en 1219. Pasados los años, Carlos II de Navarra dispuso que todos los vecinos de San Vicente de la Sonsierra, en atención a sus servicios frontereros, «sean tenidos e finquen fijosdalgo». Esta fue la norma continuada de ambas coronas. La basculación fronteriza, con favor alternante de los dos reinos, motivó la frecuente anécdota bélico-política en numerosos episodios, a los que asistió La Rioja durante todo este período.
La Rioja desde Alfonso VI constituía el rincón oriental de Castilla, sólo separada de ésta por los Montes de Oca y el sistema Ibérico; con el reino de Aragón limitaba en una muga insignificante. El problema persistente estaba en las comarcas limítrofes del Ebro, zona límite con las tierras de Pamplona hasta llegar a constituir una constante histórica, en tal manera que desde el castillo de Buradón o el castro de Bilibio hasta Alfaro y Tudela los reyes de ambos Estados fortificaron las plazas cercanas al río y favorecieron a su población, como sistema político-defensivo, de sus reinos respectivos. Un contrapunto de seguridad repetido a uno y otro lado: Briones-San Vicente, Logroño-Viana, Calahorra-Milagro, Alfaro-Tudela …
Conviene anotar también el aspecto coyuntural de esta frontera, cuya línea cambiante dependía con frecuencia de contratos matrimoniales regios, de coaliciones bélicas frente a terceros, del variable interés de los señores e infanzones de la tierra; no intervenían sólo las armas.
Aproximándonos ya a nuestro período, asistimos durante la segunda mitad del siglo XII a continuos forcejeos por la posesión de las plazas del Ebro. El reinado de Sancho el Deseado en Castilla duró sólo dos años (1157-1158); quedó como heredero un niño de tres años, Alfonso VIII, a merced de dos familias que se disputaron violentamente la tutela. Aprovechando esta favorable circunstancia, los monarcas de Pamplona, tanto García Ramírez como Sancho el Sabio, ocuparon desde 1163 Logroño, Navarrete, Entrena, en la comarca logroñesa; Autol, Quel, Resa, Ocón y Alfaro, en las tierras calahorranas; Grañón, Pazuengos, en la zona calceatense. Diez años más tarde, desde 1173 hasta 1176, Alfonso VIII fue arrancando a Pamplona las plazas de Quel, comarca de Ocón, Grañón, Pazuengos, Cerezo, Treviana, Miranda. Siguió a esto un acuerdo firmado en 1174 por los reyes de Castilla y Aragón para atacar conjuntamente al pamplonés, quien vio perdidos, como consecuencia, la plaza de Milagro y el castillo de Leguín, en el corazón mismo de su reino.
En 1176, Sancho el Sabio tuvo que firmar forzosamente la paz; en una entrevista celebrada con el rey de Castilla, entre Nájera y Logroño, convinieron en someter sus diferencias al arbitraje de Enrique II de Inglaterra. Previamente firmaron una tregua de siete años, poniendo bajo garantía el castillo de Yerga, por parte de Sancho, y la plaza de Calahorra, por parte del de Castilla; para asegurar el cumplimiento del futuro laudo comprometió Alfonso VIII los castillos de Nájera, Cellorigo y Arnedo, en tanto que Sancho el Sabio lo hacía sobre los de EsteIla, Funes y Marañón.
El 9 de marzo de 1177 los delegados de Pamplona y de Castilla, una vez recibidos por Enrique de Inglaterra, tuvieron tres días para presentar reclamaciones. Respecto a La Rioja, los de Castilla apoyaban su alegato en los días de ocupación de las comarcas riojanas por Alfonso VI, hacía un siglo, en 1076; los pamploneses recordaron los años de García, el de Nájera, fechas del protagonismo najerense y mayor extensión del reino de Pamplona, reclamando en consecuencia:
1. las tierras ocupadas por Alfonso VI en 1076;
2. las plazas conquistadas por Alfonso VII en 1135, como eran Cerezo, Grañón, Pancorbo, Belorado, Cellorigo, Bilibio, Nájera, Viguera y Clavijo;
3. mucho más insistían en la devolución de las conquistas hechas por Alfonso VIII en los años 1173 a 1176.
Enrique II de Inglaterra mandó restituir a cada una de las partes las plazas ocupadas en tiempos de Alfonso VIII: Logroño, Navarrete, Entrena, Autol y Ausejo quedaron para Castilla.
La sentencia cayó mal a los interesados y el más fuerte, en esta ocasión Castilla, llegó a un compromiso con el rey de Aragón en vistas, celebradas en Cazola, cerca de Ariza, el 20 de marzo de 1179, según el cual atacarían ambos a don Sancho y se repartirían las conquistas por partes iguales; bajo esta alianza amenazadora, un mes más tarde Alfonso de Castilla arrancó a Pamplona la devolución de las tierras cuestionadas en cumplimiento del laudo del monarca inglés. De Bilibio a Alfaro quedaba definida la frontera: la margen derecha del río con sus comarcas todas pertenecían a Castilla; las tierras y plazas de la izquierda eran de la corona de Pamplona.
Uno y otro monarca se apresuraron a levantar cerca de la apoyatura del Ebro una línea fortificada de torres y plazas amuralladas, actualizando las antiguas o levantando otras nuevas: Briones-San Vicente, Navarrete-Laguardia, Logroño-Viana, Calahorra-Milagro, Alfaro-Tudela.
Dentro de esta política estratégica y poliorcética, los reyes se dispusieron a otorgar fueros y privilegios a las villas fronterizas, cuyo crecimiento interesaba a la corona para tener hombres disponibles en días de peligro. Alfonso VIII tomó medidas para fortificar la villa de Logroño, levantando un castillo llamado Corvo junto a las viñas logroñesas en 1195. Este mismo año desde Carrión dio fueros a Navarrete y en 1200 nombró tenente de estos territorios a Diego López de Haro, hombre de su confianza. Alfonso X el Sabio dio fueros a Briones en 1256 «por que sean ricos e bien abonados e se pueble bien la dicha villa»; en 1258 concedió con el mismo fin amplias exenciones a los de Alfaro. En la margen navarra, Sancho el Sabio de Navarra otorgó fueros a Laguardia, Mendavia, San Vicente de la Sonsierra, Bernedo, Antoñana. Sancho el Fuerte confirmó los de Laguardia en 1208 y después de fortificar la villa de Viana concedió a sus vecinos fueros de poblamiento en 1219. Pasados los años, Carlos II de Navarra dispuso que todos los vecinos de San Vicente de la Sonsierra, en atención a sus servicios frontereros, «sean tenidos e finquen fijosdalgo». Esta fue la norma continuada de ambas coronas.
La basculación fronteriza, con favor alternante de los dos reinos, motivó la frecuente anécdota bélico-política en numerosos episodios, a los que asistió La Rioja durante todo este período.

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